miércoles, 2 de febrero de 2011

AMLO y el populismo

Desde hace mucho tiempo he venido criticando y discutiendo en las redes sociales la ambigüedad conceptual de los discursos de los políticos. En especial, me he referido al lopezobradorista que, desde mi perspectiva, encuadra perfectamente dentro del marco ideológico de lo que conocemos técnicamente como “populismo”.
Pero bien, para no dejarlo flotando, valdría la pena aclarara de qué se trata esto del populismo. Me atrevo a dar una definición rápida y sintética:
El populismo es una ideología de tercera posición que busca superar y sintetizar teórica y prácticamente los ejes fundamentales (“individuo” y “clase”) de los dos grandes discursos políticos de la modernidad (el liberalismo y el marxismo) a partir del uso indiscriminado del concepto ambiguo de “pueblo” (entendido éste como movimiento organizado de masas anti-oligárquico y anti-imperial, que contiende el germen proto-democrático al ser un “nuevo” tipo de subjetividad abierta). Para el populismo, el concepto de “pueblo” (por su naturaleza ambigua) es un concepto abierto (en oposición a los conceptos cerrados de “individuo” y “clase”) que, sin desaparecer las diferencias individuales y de clase, logra integrarlas armónicamente posibilitando formas de relación y resistencia políticas (intersubjetivas e interclasistas) inéditas y novedosas en el horizonte, aunque preexistentes a la teoría y a la práctica política liberal/marxista (que por cuestiones ideológicas han quedado subordinadas a las comprensiones dialécticas de la realidad socio-histórica de la modernidad). El populismo piensa entonces que es posible, desde una posición intermedia, trascender los fenómenos del individualismo y del clasismo y el principio que los sustenta: el “principio de guerra” (como fundante de la ontología política de la modernidad); y sustituirlo por preceptos éticos tendientes al reconocimiento recíproco a partir de una supuesta historia y memoria común (popular y nacional) que se encuentra presente en los intersticios de la historia oficial y letrada. Así, por un lado, el populismo rompe con el sistema de relaciones sociales basado en la competencia entre los individuos propio del liberalismo, y por otro supera e integra el conflicto de clase a partir de la reconstrucción de un mítico sujeto comprendido como “pueblo pobre y oprimido”.
Por otro lado, la fotografía anterior resultaría incompleta si no le agregamos otra de las características típicas del populismo. Ésta consiste en la presencia de una figura que por una disposición ética (antes que política) y en una suerte de epifanía, escucha el llamado del pueblo y se convierte a su lucha. El pueblo pobre y oprimido, negado en la historia, grita por su liberación y sólo quien está a la escucha (testifica) es capaz de “tomar” su voz (portar la voz) para que ésta se escuche por todos lados como la anticipación profética de tiempos mejores. De esta manera el líder o caudillo, el político, se hace ambiguo porque deja de ser representante de sí mismo, transmutándose en el portador de la voz del pueblo y en el profeta que anuncia su liberación. Como tal, el caudillo recibe su legitimidad del “pueblo” (no como populus, sino como plebs y pauper) y su obligación es emprender un proceso de transformación que colabore en el proceso histórico de liberación que recomienza cuando el “pueblo” se consolida como “nación anti-oligárquica y anti-imperial”.
Dos cosas entonces:
Por un lado, el populismo parte de lo que cree es una realidad in-mediata (sin mediaciones conceptuales) y que en todo caso es mediación en el camino del concepto. Parte, pues, de una realidad material que es elevada a la claridad del concepto, lo que deriva en uno de sus axiomas básicos: lo que es ambiguo en la realidad lo es en el concepto. Así, la ambigüedad conceptual de la figura de “pueblo” es precedida por su ambigüedad material, por lo que dicha ambigüedad es positiva tanto fáctica como axiológicamente (“pueblo” no sólo es “más” sino “mejor”).
En este sentido, la teoría populista no sería sino la constatación de la facticidad del hecho del “pueblo” que en su búsqueda por liberarse lucha por devenir en “nación”, para lo cual requiere de otra figura no menos problemática: la del caudillo o el líder que, acompañado del intelectual, profetiza y cumple un papel facilitador de la praxis transformadora del “pueblo”, haciendo de la voz de éste la suya propia, por lo que su enunciación no es sino la ex-presión organizada del clamor popular.
En cuanto al primer punto, la pretendida in-mediatez del pueblo entraña un doble problema. En primer lugar, la idea de que tenemos acceso directo (in-mediato o sin mediación) a la realidad social. En segundo lugar, un aspecto menos teórico o filosófico, ello entraña un problema de tipo ideológico: pensar que “la realidad es así”, lo que deriva (como veremos posteriormente) en un franco voluntarismo. Me explico:
Es indudable que en el mundo de relaciones sociales es posible enunciar la existencia del “pueblo” (ya sea como “populus” o como “plebs”). También es cierto que el “pueblo” (como “plebs”) se organiza para luchar y liberarse de su condición. Sin embargo el populismo, que piensa al “pueblo” como verdadero subjectum de liberación, obvia las relaciones de poder y de clase latentes en su interior. Aunque el populismo piensa la ambigüedad del pueblo como reconocimiento de su naturaleza heterogénea y como límite de sus posibles totalizaciones, la diferencia de intereses, producto de sus diferencias de clase, quedan subsumidas y homogoneizadas a los intereses del “pueblo”, intereses que no son claros para el “pueblo” mismo sino para el caudillo o líder y el intelectual. Aquí me gustaría reflexionar brevemente sobre la función del intelectual:
El intelectual no sería otra cosa que mediación ambigua entre la ambigüedad del líder y la ambigüedad del pueblo. El intelectual tiene la función de evitar que el líder y el pueblo se desvíen en el proceso. Dejándose interpelar por el pueblo, interpela al líder imposibilitando cualquier totalización que cierre la ambigüedad, pero además, reconociendo que “pueblo” no siempre es “bueno”, el intelectual debe también interpelar las posibles desviaciones que cierran su “naturaleza” abierta.
Por ejemplo: uno de los filósofos de la liberación, Mario Casalla, decía que “dentro” del “pueblo” hay grupos o individuos que confunden su proyecto con el de la totalidad (de allí que el concepto de clase resulte para la gran mayoría de los filósofos de la liberación inadecuado). Otros, como Juan Carlos Scannone y Enrique Dussel (en su etapa de los setenta), dirían que el papel del intelectual es corregir las posibles desviaciones del pueblo, lo que lleva de vuelta a la idea de Casalla que identifica esa desviación cuando grupos o individuos confunden su proyecto con el de la totalidad. Vamos: lo que quiero decir es que eso que se ve como un elemento positivo, que es la heterogeneidad del pueblo, resulta negativo cuando se plantea que cuando un sector confunde sus intereses con los de la totalidad del pueblo tiene que ser corregido de su desviación. Vaya: hablar de pueblo en esos términos implica su negación automática en tanto que los intereses de clase quedan subordinados a los intereses del “pueblo”.
En realidad, el concepto aplicado a la realidad social termina por ser homogeneizante de la misma, por más que se disfrace de un supuesto reconocimiento de su heterogeneidad. (Ahí usar el concepto de “clase” para pensar la realidad social, me parece que tiene como ventaja que es en realidad un reconocimiento de la diversidad de intereses y conflictos al interior del “pueblo”. No hay tal cosas como los “intereses del pueblo”, sino intereses en conflicto dentro de eso que llamamos estratégicamente “pueblo”.). El concepto de “pueblo”, esencialista y homogeneizante, resulta en su supuesta claridad un mecanismo de encubrimiento de la realidad social, que trasladado a lo político resulta en verdad riesgoso.
Y allí es donde hace su aparición el voluntarismo, para lo que requiero reiterar/desarrollar una idea planteada anteriormente, relacionado con la sensibilidad anti-oligárquica y anti-imperialista del populismo. Veamos:
En un sentido la sensibilidad populista, anti-oligárquica (anti-elitista) y anti-imperial (nacionalista), tiene rasgos positivos. Por ejemplo, en un ámbito de democratización amplia busca favorecer a las clases medias y “bajas” (campesinos, obreros, sindicatos y empresarios sin relación con las oligarquías) quitando poder a las élites políticas y económicas. Además, ensanchando su visión más allá del campo económico, amplía la imagen de la “nación” llegando a franjas de la población no tomadas en cuenta anteriormente por los movimientos revolucionarios: mujeres, jóvenes, ancianos y culturas indígenas. Sin embargo, en un horizonte más radical, la sensibilidad anti-oligárquica y anti-imperial resulta insuficiente, pues su objetivo no es transformar de raíz las estructuras y relaciones sociales configuradas en el capitalismo. Se tiene la creencia de que por una vía “reformista”, es posible una transformación gradual de las relaciones sociales sin acudir al principio violento de la lucha de clases (como si reformismo y lucha de clases fuesen excluyentes). Como vimos al principio de este párrafo, la amplitud y ambigüedad del concepto de “pueblo” incluye a las clases medias y empresariales (nacionales) pauperizadas, con lo que la figura cobra una tonalidad interclasista, como si el llamado ético a grupos empresariales no oligárquicos pudiera tener un efecto para favorecer a los grupos sociales empobrecidos.
A esto le llamo “voluntarismo”; al pensar que por pura voluntad los problemas derivados de una estructura social injusta se solucionan manteniendo esa misma estructura. Aunque muchos han ido visualizando mi núcleo teórico (el lugar hermenéutico desde donde ejerzo la crítica), no se trata de la defensa de éste, sino de hacer notar las deficiencias de la teoría y la práctica populista. Vamos: desconocer la lucha de clases implica desconocer que hay intereses que son inconmensurables. En la realidad social, cada grupo defiende sus intereses. Y aunque es deseable su compatibilización en un proyecto más justo de nación, en el populismo la ambigüedad del concepto se estira hasta morderse la cola. Quitando poder a las oligarquías en el capitalismo no se transforma la realidad social, porque el lugar de las viejas oligarquías (reitero: en el capitalismo) será ocupado por otras nuevas. Y allí voy de nuevo, pero ya para entrar al tema de AMLO:
Una auto-nominada izquierda que no postula la superación del capitalismo, deriva de forma casi natural en “populismo”. Por ahí algunos amloistas me han hecho la objeción de que en términos de la realpolitik no enunciar es el simple reconocimiento fáctico de la imposibilidad, en este caso: de la superación del capitalismo. Lo que yo me pregunto es si una izquierda que reconoce que el problema de fondo sólo se supera superando al capitalismo, por cuestiones de realpolitik debe renunciar a enunciarlo.
Y es que enunciación y reconocimiento de imposibilidad no son contradictorios, en tanto que la enunciación opera a manera de tensión que da sentido a la acción, aunque se reconozca su imposibilidad “aquí y ahora”. Esa tensión, utópica (dicen los teóricos), aunque irrealizable apela a la perfectibilidad de la realidad según el ideal, pero siempre “desde” la realidad. La idea de un futuro distinto mueve. No sólo “da que pensar”; mueve… siempre y cuando esa perfectibilidad sea pensada desde las posibilidades que la misma realidad social brinda, lo que implica descifrar de modo adecuado la realidad más allá de voluntarismos. Vamos: lo imposible/posible tiene que ser pensado desde lo posible; y el ideal no subordina la realidad, en todo caso es la construcción imaginaria de lo real-posible “desde” la misma realidad, sin hipostasiar, esencializar ni homogeneizar.
Es en ese sentido que me resulta extraña la renuncia de la auto-nominada izquierda a su núcleo racional-teleológico. Esa izquierda ha resultado, cuando menos, una forma de realismo ingenuo que en el abandono de núcleo crítico (ética, política, ideológica y hasta epistemológicamente) ha renunciado a una verdadera transformación de la realidad. Ha derivado en un mero gatopardismo que evoca el cambio para que en realidad nada cambie.
Y eso es exactamente lo que sucede con el discurso de AMLO. Paradójicamente su ambigüedad conceptual dota a su discurso de una claridad que me permite decir lo siguiente:
El discurso de AMLO encuadra perfectamente dentro de una ideología de tercera posición de tipo populista. Su discurso tiene un ascendente nacionalista y liberal, aunque paradójicamente usa una figura de modo tal que se distancia del concepto liberal de “pueblo” (populus vs. plebs). Su discurso es anti-imperial y anti-oligárquico, pero nunca anti-capitalista. Su utopía radica a una vuelta al pasado, a un punto anterior al consumo neoliberal del liberalismo. Su pretensión es “regresar” a un capitalismo de rostro humano, apelando al humanismo del capitalista no-oligárquico, que sería representado como empresario empobrecido.
Por otro lado, en el plano político, AMLO cuadra en la imagen típica del líder populista: no sólo usa indiscriminada y ambiguamente el concepto de “pueblo”, sino que dice hablar por él. Es portador de su voz y redentor de su lucha por liberarse de la oligarquía y el imperio. Cuando habla, no habla él, habla el “pueblo”. Hay una suerte de conexión mística entre él y su movimiento, de modo tal que él sabe lo que quiere y piense el “pueblo” aunque éste mismo no lo sepa, tan así que no sólo es renuente a la crítica, sino que todo aquel que lo critique no lo critica a él, sino al “pueblo” mismo. Es por esa razón, que así sin más, de forma aterradora, tacha de traidores y de ir contra los intereses del pueblo a todos aquellos que NO participan o simpatizan con su movimiento.
En fin. Como se habrán dado cuenta no podía dejar de lado la reflexión sobre el significado de un término tan llevado y traído como el de “populismo”. Muchos han acertado en la adjetivación de AMLO, pero lo han hecho accidentalmente, sin substancia, como mera estrategia para descalificar. Creo que no es mi caso y por ello he abusado en la terminología, lo que si bien no me exenta de parcialidades, creo que sí evita uso vulgar y caprichoso del término.
Una última aclaración: mi definición de populismo no es universal. Hablo desde la experiencia académica y de investigación limitada que me da ser un estudioso de la filosofía latinoamericana. Los más especializados se encontrarán con alusiones no especificadas a algunos personajes y filósofos, sobre todo de aquellos que pertenecieron a lo que fue el sector hegemónico de las filosofías de la liberación en la década de los setenta, muchos de ellos vinculados a una de las experiencias populistas latinoamericanas más representativas: el peronismo. Vamos: no podemos hablar de populismo, sino de populismos, por lo que aquí he adoptado el análisis de su vertiente latinoamericana dejando de lado la rusa y la norteamericana.

2 comentarios:

David Gómez dijo...

Vaya, lo sorprendente quizá es que este fenómeno ideológico y político se reedite y vuelva a emerger casi sin modificaciones. Efectivamente, me parece que encuadras bien ideológicamente a AMLO. Sólo habría quizá que interrogarse:¿cómo afecta el momento histórico de la posguerra fría a esta reedición sui generis de la tercera posición, tan presente en el peronismo de la década de los 70? O sea, quizá el derrumbe del "socialismo real" y el cierre de alternativas históricas al sistema capitalista favorecen la reedición del fenómeno populista, que tan bien recuerdas y analizas en AMLO.

Dr Luveh Keraph dijo...

Vamos: no podemos hablar de populismo, sino de populismos

El término “populista” carece de una definición, que permita identificar “populistas” sin dejar dudas, es un disfraz que sirve para ponérselo a multitud de personajes. Y como no hay una definición, entonces se crean varias definiciones una para cada país y así surge la idea que existen “varios populismos”.

Dicho de otra manera: Dicen que el dibujo A corresponde a una araña, el dibujo B es una araña, y el dibujo C corresponde a una araña. Ante el cuestionamiento que ninguno tiene un común denominador, el escape es suponer que todos son “diferentes tipo de arañas” o diferentes tipos de “populismo” sin común denominador.


al lopezobradorista que, desde mi perspectiva, encuadra perfectamente dentro del marco ideológico de lo que conocemos técnicamente como “populismo”

¿Cómo es posible encuadrar a alguien o algo en una categoría que no tiene una definición precisa como “populismo”? O peor aún que su definición sea tan vaga y amplia que puede aplicarse a casi cualquier político sea de derecha o de izquierda, o englobar la democracia entera, puesto que Democracia, es gobierno del pueblo.

Continua aqui:
http://politicatwitter.blogspot.com/2011/09/los-mitos-del-pupulismo.html