miércoles, 9 de febrero de 2011

La administración ideológica de la libertad de expresión en tiempos de normalización democrática

El presente texto, aunque parte necesariamente de ésta, no versa sobre la libertad de expresión, sino sobre sus condiciones efectivas de posibilidad en el ámbito actual. Sin embargo, por necesidad, me atrevo a dar una brevísima definición: la libertad de expresión no es sino la capacidad y el derecho que tenemos las personas de enunciar nuestras opiniones sin mayores limitaciones que las consensadas por una determinada sociedad.

Sin embargo, en el ámbito de normalización democrática, el tema resulta en verdad complejo, en la medida en que una reduccionista verificación empírica se ha generado la ilusión de que expresar mis opiniones, tal como lo hago en estos momentos, corrobora que existe tal cosa como la libertad de expresión. El problema de la corroboración empírica es que no se detiene a pensar las formas como en tiempos de normalización democrática la libertad de expresión es administrada ya sea positiva o formalmente y negativa o informalmente.

Veamos: pensar que existe la libertad de expresión porque puedo expresar algo es de cierta manera verdad. Sin embargo, lo que hay que verificar en este caso es el alcance de lo que se expresa, pues no es lo mismo emitir opiniones o hacer análisis mediante un blog o las redes sociales, que hacerlo masivamente a través de los medios "tradicionales". En el caso del proceso en el que estamos inmersos, el problema de la libertad de expresión no se reduce a la posibilidad de expresar, sino al acceso a las mediaciones que hacen posible que la expresión se difunda. Si bien todos podemos expresarnos, son pocas las opiniones y los análisis que tienen impacto, porque no todos contamos con los medios para difundir los mensajes. Vamos: la ilusión empirista no se da cuenta que la libertad de expresarse responde a un cálculo político, porque la verdadera expresión pasa por los medios que administran la expresión y que al mismo tiempo son administrados.

Y es aquí donde entramos al tema de la administración. Para esto debemos partir del reconocimiento de que en todas las sociedades la libertad de expresión es administrada, lo que podemos constatar en el hecho de que existen marcos normativos que impiden que se diga lo que sea sin fundamento. Sin hacer juicios de valor, el hecho es que ya sea desde una perspectiva ética o desde una perspectiva jurídica, la expresión es limitada y dicha limitación tiene su razón de ser. Puede gustarnos o no, pero es un hecho que nuestras sociedades han tendido a una administración de lo público y que ésta es necesaria para que podamos reconocer que la discusión pública también tiene reglas, siempre y cuando se reconozca que el marco normativo no es estático y siempre es perfectible.

Así, no tengo tanto problema con la administración positiva (del latín posito como lo dado). Mi problema es cuando pasamos de una administración formal a una informal, que yo denominaría como negativa (no porque sea mala, sino) porque oculta el trasfondo ideológico desde donde se administra eso que llamamos libertad de expresión (y que nomino como informal porque no se establece en el código y porque ni siquiera está supuesto en éste a manera de determinación ontológica y horizonte de comprensión desde el que se construye el marco legal que regula la libertad de expresión). Ese trasfondo no es de fácil acceso, no es visible a primera vista (por eso lo de negativo e informal), pero es detectable a partir de un análisis detenido del discurso, particularmente el de los medios, que en un supuesto ámbito formal gozan de una supuesta autonomía que evita que el poder político en turno, el gobierno, los administre. Allí entonces opera otro tipo de administración, que yo denomino ideológica, que no sirve de forma inmediata al poder político (en turno) sino al sistema, en tanto que asegura su reproductibilidad.

Ahora, no voy a venir a calificar a los periodistas de deshonestos, por lo menos no en este lugar. En todo caso, lo que criticaría es la incapacidad de muchos de ellos de dar cuenta del trasfondo ideológico que, además de orientar lo que expresan, hace posible su permanencia en el medio. Y esto es, por decirlo de un modo, algo normal. En un ámbito en el que no hay verdadero diálogo con horizontes de comprensión dis-tintos y lo que tenemos es cierta homogeneidad ideológica, no hay posibilidad de ser crítico del propio horizonte de comprensión desde donde se expresa la opinión. Para decirlo de un modo simple: en este ámbito, de normalización democrática (liberal), no puede haber la necesaria auto-crítica para explicitar el ámbito ideológico de la opinión y la forma como ésta es administrada ideológicamente.

Y es que lo más complicado es la apertura auto-crítica. La crítica es relativamente fácil, no así la auto-crítica. ¿Por qué? Porque esta última requiere, aunque sea por un momento, poner en duda mis propios supuestos y no hay nada que desate más temor que enfrentarse con el sentido mismo. ¿Qué pasa si por un momento clarifico sobre el “desde dónde” emito mis opiniones? Pues me enfrento a la relatividad de mi propio “desde dónde”, en este caso: el horizonte ideológico liberal. Si yo relativizo o descubro la relatividad de mi propio horizonte entonces quiere decir que no es universal y entonces me quedo sin parámetros para hacer juicios, pero además corro el riesgo de darme cuenta del modo como mis opiniones son administradas ideológica y políticamente. Las derivaciones que podemos hacer son, así, un tanto aterradoras para aquellos que viven de opinar.

El problema así es dar cuenta de la complejidad del “desde dónde” los periodistas y analistas en México formulan sus opiniones. Para decirlo rápidamente: lo hacen desde la universalización y naturalización de su propio horizonte ideológico, horizonte que nunca es puesto en duda y que no nunca lo es porque parten de la “sensación” de que en México hay, de hecho, libertad de expresión, lo que crea la ilusión o creencia de que su labor no está siendo políticamente administrada.

Hay aquí, sin embargo, una primera reducción (que no viene al caso pero hay que plantearla) que es la empatar libertad y libertad de expresión. En el ámbito del capitalismo y la democracia liberal, que tolera y acepta grados de pobreza en aras de la diferencia, la libertad sigue siendo algo tan ambiguo que parece sólo verificable en la expresión (lo que me parece trágico en tanto responde a un resabio idealista que dificulta postularla materialmente). Libertad para nuestros periodistas y analistas es sobre todo libertad de expresión.

Hay luego una segunda reducción: la libertad de expresión es aquella que puede ser expresada públicamente. Pero como esta publicidad de la libertad es científicamente inviable entonces recurro al dato evidente: hay libertad de expresión en tanto que tenemos medios abiertos donde puede expresarse cualquier cosa. Tenemos televisoras, radiodifusoras, diarios, internet, etc., todo en términos plurales, lo que implica que todas las voces quedan cubiertas. Los medios se convierten así expresión de lo que piensa y dice la ciudadanía. Los medios se convierten a sí mismos en “lo público”. El problema es que los medios, haciéndose porta-voces de los intereses de la sociedad, naturalizan su propia voz haciéndola pasar por la de todos. Esto en el caso de los más ingenuos; los menos ingenuos (y cínicos) son conscientes de que sólo pueden hablar de sí y por sí mismos, y entonces reconocen su agenda que es la de afianzar desde los medios el horizonte democrático liberal. ¿Dónde queda la libertad? Pues en los mismos medios que se han convertido en foros de discusión de expresiones distintas.

Sin embargo esto no es así; no son expresiones dis-tintas, sino expresiones di-ferentes (di-feridas) dentro de un mismo horizonte ideológico. Varían en la superficie pero no el fondo. No hay, pues, verdadera disidencia. El problema es que esto no es evidente. Pongamos el ejemplo de Zuckerman and Friends en FTV. Allí claro que hay discusión. Si nos vamos por la superficie veremos que por ahí circulan muchas expresiones. El problema es que prácticamente todas se mueven en un ámbito ideológico cerrado; es como una discusión entre surrealistas que discuten de todo pero siempre teniendo como telón de fondo que el único arte aceptable es el surrealista. Curiosamente, la apariencia de que hay voces disonantes, oculta la falta de libertad de expresión en México, una libertad de expresión que se restringe a la posibilidad de hacer circular discursos precisamente en los medios. Prácticamente en el terreno del análisis político todos los analistas (que además son los mismos que aparecen en la mañana, en la tarde y en la noche diciendo lo mismo sobre lo mismo) se encuentran en el mismo espectro ideológico; no hay voces disidentes. Esas voces quedan ocultas detrás y son efímeras; no constantes. Vamos a decirlo de forma honesta: la sensación de que estamos en momentos de transición y normalización democrática ha llevado a una suerte de catequesis democrática en la que el catequizador es siempre de ascendente ideológico liberal. Me llama la atención que muchos analistas y periodistas critican ciertas prácticas y ciertos discursos diciendo cosas como “eso es muy poco liberal” (Denise Maerker, Ciro Gómez y compañía). Allí se muestra la universalización inconsciente y naturalización del horizonte liberal, en la medida en que no ser liberal es sinónimo de estar equivocado. Decir "eso es muy poco liberal" es otra forma de decir "eso está mal". Pero sale tan natural que pasa como si no fuera la gran cosa. En realidad lo es: allí se revela el a priori ideológico universalizado y naturalizado del que parten para hacer crítica sin pasar por la auto-crítica. Entonces realmente estamos en el final de las ideologías; de todas menos de una: la liberal, que se ha instituido como la única aceptable, para lo que se apela a justificaciones muy fukuyanescas y de paso hegelianas.

Por otro lado, los medios cuentan con un rostro visible y otro invisible. El visible es el rostro del que comunica; el invisible es el del dueño. En México hay, sin embargo, la sensación de que el medio es el rostro visible. Vamos: Zuckermann, Ciro Gómez Leyva y Denis Maerker (por poner a los starsystem) seguramente nunca ha visto coartada su libertad expresión o el modo de conducción de sus programas. Invitan a sus cuates y estos a su vez también pueden decir lo que quieran. Claro que hay una suerte de acto fe: se está seguro que cualquier cosa que digan los cuates será dicha desde un mismo horizonte. (Por eso es una charla entre cuates). Pero el rostro invisible, el del dueño, está allí siempre, confiado en que hizo una buena elección: las estrellas del medio, de claro ascendente ideológico liberal, no va a desdecirse de su propio horizonte. El dueño no tiene en este sentido necesidad de censurar, porque todo lo que digan el periodista y el analista soporta y promueve en lo fundamental sus intereses. A menos que se atrevan a decir cosas que tocan fibras del hyperpoder oculto detrás de todo, el periodista y el analista están a salvo. Si en un momento llegan a salirse de la ruta entonces sí viene el castigo, por supuesto maquillado de problema de orden administrativo o contractual. Por eso, en tiempos de normalización democrática el periodista, el analista, el intelectual, el artista, etc., se hacen orgánicos al poder sin dilema moral porque obvian el hecho de que han sido elegidos como rostros visibles precisamente por lo que piensan y lo que dicen.

Ahora, esto sería inútil sin la integración entre el poder político y los medios. El poder político pacta con los medios para no salir de ellos. Los medios procuran la imagen del político para que éste preserve y reproduzca su intereses modificando leyes que son obstáculos para la libre empresa. Hay un control de los medios a partir de un acuerdo que configura la relación poder-medios. Por ello aquellos periodistas y analistas que se han atrevido a tocar temas que no son del agrado de gobierno y del medio han sufrido un tipo de censura en la que no participa directamente el gobierno y que da la apariencia de ser una decisión interna, propia de la libertad de empresa a la que el medio tiene derecho. Esto es en sí un problema, porque queda oculto el trasfondo político e ideológico. Lo mismo con los políticos: aquellos que osen tocar los intereses de los medios son invisibilizados. Inclusive los medios se convierten en herramientas de venganza: aunque hayan muerto 16 chavos en Cd. Juárez la nota principal seguía siendo lo del Bar-bar porque había un interés del medio. O bien la agenda doctrinaria de la otra televisora que usa los noticieros como mecanismo de catequización.

Entonces no hay cabida para otro tipo de discursos. Claro que como todo lo anterior está revestido de una apariencia democrática la cosa no es clara. Pero lo cierto es que el liberalismo se ha instituido como “pensamiento único” y como tribunal de todo lo que es políticamente correcto. El problema es que con esto la crítica siempre está mediada ideológicamente; la crítica tiene mayor o menor valor dependiendo su cercanía o lejanía con cierto liberalismo. Por eso cuando uno ve los programas “Tercer grado”, “Zuckermann and friends” o escucha las mesas de debate en la radio, se encuentra con que nadie se sale del plano (incluidos Meyer y Aguayo). Como se "discute" se da la apariencia de libertad de expresión, pero sólo habrá ésta cuando metan en esas mesas a voces verdaderamente diferentes. Con eso tendríamos una crítica repotenciada y no una vil pantomima.

Lo digo de forma simple: en México no hay libertad de expresión en los términos que se entiende lo de la expresión, que es expresión en los medios. No hay cura al problema al entrevistar de vez en cuando a una voz disidente, porque esa voz es acallada inmediatamente por el periodista y el analista de base (Zuckermann, Castañeda y Aguilar Camín, que son los que andan circulando por todos lados, son el mejor ejemplo de esto). Al final estos, gente brillante y estudiosa, no se da cuenta de que cumplen perfectamente el papel de propagandista del sistema, lo que se debe en buena medida a que han sido estos lo que han naturalizado las expresiones y los lenguajes del liberalismo. Hay algo de aterrador en ello, porque acostumbrados a no tener voz en las épocas del PRI tienen esa sensación de que la experiencia que los marca les impide hacer lo mismo. Vamos: son orgánicos con pretensiones de bondad o, por lo menos, con buenas intenciones. Con eso justifican que los medios se hayan convertido en grupos de cuates.

miércoles, 2 de febrero de 2011

AMLO y el populismo

Desde hace mucho tiempo he venido criticando y discutiendo en las redes sociales la ambigüedad conceptual de los discursos de los políticos. En especial, me he referido al lopezobradorista que, desde mi perspectiva, encuadra perfectamente dentro del marco ideológico de lo que conocemos técnicamente como “populismo”.
Pero bien, para no dejarlo flotando, valdría la pena aclarara de qué se trata esto del populismo. Me atrevo a dar una definición rápida y sintética:
El populismo es una ideología de tercera posición que busca superar y sintetizar teórica y prácticamente los ejes fundamentales (“individuo” y “clase”) de los dos grandes discursos políticos de la modernidad (el liberalismo y el marxismo) a partir del uso indiscriminado del concepto ambiguo de “pueblo” (entendido éste como movimiento organizado de masas anti-oligárquico y anti-imperial, que contiende el germen proto-democrático al ser un “nuevo” tipo de subjetividad abierta). Para el populismo, el concepto de “pueblo” (por su naturaleza ambigua) es un concepto abierto (en oposición a los conceptos cerrados de “individuo” y “clase”) que, sin desaparecer las diferencias individuales y de clase, logra integrarlas armónicamente posibilitando formas de relación y resistencia políticas (intersubjetivas e interclasistas) inéditas y novedosas en el horizonte, aunque preexistentes a la teoría y a la práctica política liberal/marxista (que por cuestiones ideológicas han quedado subordinadas a las comprensiones dialécticas de la realidad socio-histórica de la modernidad). El populismo piensa entonces que es posible, desde una posición intermedia, trascender los fenómenos del individualismo y del clasismo y el principio que los sustenta: el “principio de guerra” (como fundante de la ontología política de la modernidad); y sustituirlo por preceptos éticos tendientes al reconocimiento recíproco a partir de una supuesta historia y memoria común (popular y nacional) que se encuentra presente en los intersticios de la historia oficial y letrada. Así, por un lado, el populismo rompe con el sistema de relaciones sociales basado en la competencia entre los individuos propio del liberalismo, y por otro supera e integra el conflicto de clase a partir de la reconstrucción de un mítico sujeto comprendido como “pueblo pobre y oprimido”.
Por otro lado, la fotografía anterior resultaría incompleta si no le agregamos otra de las características típicas del populismo. Ésta consiste en la presencia de una figura que por una disposición ética (antes que política) y en una suerte de epifanía, escucha el llamado del pueblo y se convierte a su lucha. El pueblo pobre y oprimido, negado en la historia, grita por su liberación y sólo quien está a la escucha (testifica) es capaz de “tomar” su voz (portar la voz) para que ésta se escuche por todos lados como la anticipación profética de tiempos mejores. De esta manera el líder o caudillo, el político, se hace ambiguo porque deja de ser representante de sí mismo, transmutándose en el portador de la voz del pueblo y en el profeta que anuncia su liberación. Como tal, el caudillo recibe su legitimidad del “pueblo” (no como populus, sino como plebs y pauper) y su obligación es emprender un proceso de transformación que colabore en el proceso histórico de liberación que recomienza cuando el “pueblo” se consolida como “nación anti-oligárquica y anti-imperial”.
Dos cosas entonces:
Por un lado, el populismo parte de lo que cree es una realidad in-mediata (sin mediaciones conceptuales) y que en todo caso es mediación en el camino del concepto. Parte, pues, de una realidad material que es elevada a la claridad del concepto, lo que deriva en uno de sus axiomas básicos: lo que es ambiguo en la realidad lo es en el concepto. Así, la ambigüedad conceptual de la figura de “pueblo” es precedida por su ambigüedad material, por lo que dicha ambigüedad es positiva tanto fáctica como axiológicamente (“pueblo” no sólo es “más” sino “mejor”).
En este sentido, la teoría populista no sería sino la constatación de la facticidad del hecho del “pueblo” que en su búsqueda por liberarse lucha por devenir en “nación”, para lo cual requiere de otra figura no menos problemática: la del caudillo o el líder que, acompañado del intelectual, profetiza y cumple un papel facilitador de la praxis transformadora del “pueblo”, haciendo de la voz de éste la suya propia, por lo que su enunciación no es sino la ex-presión organizada del clamor popular.
En cuanto al primer punto, la pretendida in-mediatez del pueblo entraña un doble problema. En primer lugar, la idea de que tenemos acceso directo (in-mediato o sin mediación) a la realidad social. En segundo lugar, un aspecto menos teórico o filosófico, ello entraña un problema de tipo ideológico: pensar que “la realidad es así”, lo que deriva (como veremos posteriormente) en un franco voluntarismo. Me explico:
Es indudable que en el mundo de relaciones sociales es posible enunciar la existencia del “pueblo” (ya sea como “populus” o como “plebs”). También es cierto que el “pueblo” (como “plebs”) se organiza para luchar y liberarse de su condición. Sin embargo el populismo, que piensa al “pueblo” como verdadero subjectum de liberación, obvia las relaciones de poder y de clase latentes en su interior. Aunque el populismo piensa la ambigüedad del pueblo como reconocimiento de su naturaleza heterogénea y como límite de sus posibles totalizaciones, la diferencia de intereses, producto de sus diferencias de clase, quedan subsumidas y homogoneizadas a los intereses del “pueblo”, intereses que no son claros para el “pueblo” mismo sino para el caudillo o líder y el intelectual. Aquí me gustaría reflexionar brevemente sobre la función del intelectual:
El intelectual no sería otra cosa que mediación ambigua entre la ambigüedad del líder y la ambigüedad del pueblo. El intelectual tiene la función de evitar que el líder y el pueblo se desvíen en el proceso. Dejándose interpelar por el pueblo, interpela al líder imposibilitando cualquier totalización que cierre la ambigüedad, pero además, reconociendo que “pueblo” no siempre es “bueno”, el intelectual debe también interpelar las posibles desviaciones que cierran su “naturaleza” abierta.
Por ejemplo: uno de los filósofos de la liberación, Mario Casalla, decía que “dentro” del “pueblo” hay grupos o individuos que confunden su proyecto con el de la totalidad (de allí que el concepto de clase resulte para la gran mayoría de los filósofos de la liberación inadecuado). Otros, como Juan Carlos Scannone y Enrique Dussel (en su etapa de los setenta), dirían que el papel del intelectual es corregir las posibles desviaciones del pueblo, lo que lleva de vuelta a la idea de Casalla que identifica esa desviación cuando grupos o individuos confunden su proyecto con el de la totalidad. Vamos: lo que quiero decir es que eso que se ve como un elemento positivo, que es la heterogeneidad del pueblo, resulta negativo cuando se plantea que cuando un sector confunde sus intereses con los de la totalidad del pueblo tiene que ser corregido de su desviación. Vaya: hablar de pueblo en esos términos implica su negación automática en tanto que los intereses de clase quedan subordinados a los intereses del “pueblo”.
En realidad, el concepto aplicado a la realidad social termina por ser homogeneizante de la misma, por más que se disfrace de un supuesto reconocimiento de su heterogeneidad. (Ahí usar el concepto de “clase” para pensar la realidad social, me parece que tiene como ventaja que es en realidad un reconocimiento de la diversidad de intereses y conflictos al interior del “pueblo”. No hay tal cosas como los “intereses del pueblo”, sino intereses en conflicto dentro de eso que llamamos estratégicamente “pueblo”.). El concepto de “pueblo”, esencialista y homogeneizante, resulta en su supuesta claridad un mecanismo de encubrimiento de la realidad social, que trasladado a lo político resulta en verdad riesgoso.
Y allí es donde hace su aparición el voluntarismo, para lo que requiero reiterar/desarrollar una idea planteada anteriormente, relacionado con la sensibilidad anti-oligárquica y anti-imperialista del populismo. Veamos:
En un sentido la sensibilidad populista, anti-oligárquica (anti-elitista) y anti-imperial (nacionalista), tiene rasgos positivos. Por ejemplo, en un ámbito de democratización amplia busca favorecer a las clases medias y “bajas” (campesinos, obreros, sindicatos y empresarios sin relación con las oligarquías) quitando poder a las élites políticas y económicas. Además, ensanchando su visión más allá del campo económico, amplía la imagen de la “nación” llegando a franjas de la población no tomadas en cuenta anteriormente por los movimientos revolucionarios: mujeres, jóvenes, ancianos y culturas indígenas. Sin embargo, en un horizonte más radical, la sensibilidad anti-oligárquica y anti-imperial resulta insuficiente, pues su objetivo no es transformar de raíz las estructuras y relaciones sociales configuradas en el capitalismo. Se tiene la creencia de que por una vía “reformista”, es posible una transformación gradual de las relaciones sociales sin acudir al principio violento de la lucha de clases (como si reformismo y lucha de clases fuesen excluyentes). Como vimos al principio de este párrafo, la amplitud y ambigüedad del concepto de “pueblo” incluye a las clases medias y empresariales (nacionales) pauperizadas, con lo que la figura cobra una tonalidad interclasista, como si el llamado ético a grupos empresariales no oligárquicos pudiera tener un efecto para favorecer a los grupos sociales empobrecidos.
A esto le llamo “voluntarismo”; al pensar que por pura voluntad los problemas derivados de una estructura social injusta se solucionan manteniendo esa misma estructura. Aunque muchos han ido visualizando mi núcleo teórico (el lugar hermenéutico desde donde ejerzo la crítica), no se trata de la defensa de éste, sino de hacer notar las deficiencias de la teoría y la práctica populista. Vamos: desconocer la lucha de clases implica desconocer que hay intereses que son inconmensurables. En la realidad social, cada grupo defiende sus intereses. Y aunque es deseable su compatibilización en un proyecto más justo de nación, en el populismo la ambigüedad del concepto se estira hasta morderse la cola. Quitando poder a las oligarquías en el capitalismo no se transforma la realidad social, porque el lugar de las viejas oligarquías (reitero: en el capitalismo) será ocupado por otras nuevas. Y allí voy de nuevo, pero ya para entrar al tema de AMLO:
Una auto-nominada izquierda que no postula la superación del capitalismo, deriva de forma casi natural en “populismo”. Por ahí algunos amloistas me han hecho la objeción de que en términos de la realpolitik no enunciar es el simple reconocimiento fáctico de la imposibilidad, en este caso: de la superación del capitalismo. Lo que yo me pregunto es si una izquierda que reconoce que el problema de fondo sólo se supera superando al capitalismo, por cuestiones de realpolitik debe renunciar a enunciarlo.
Y es que enunciación y reconocimiento de imposibilidad no son contradictorios, en tanto que la enunciación opera a manera de tensión que da sentido a la acción, aunque se reconozca su imposibilidad “aquí y ahora”. Esa tensión, utópica (dicen los teóricos), aunque irrealizable apela a la perfectibilidad de la realidad según el ideal, pero siempre “desde” la realidad. La idea de un futuro distinto mueve. No sólo “da que pensar”; mueve… siempre y cuando esa perfectibilidad sea pensada desde las posibilidades que la misma realidad social brinda, lo que implica descifrar de modo adecuado la realidad más allá de voluntarismos. Vamos: lo imposible/posible tiene que ser pensado desde lo posible; y el ideal no subordina la realidad, en todo caso es la construcción imaginaria de lo real-posible “desde” la misma realidad, sin hipostasiar, esencializar ni homogeneizar.
Es en ese sentido que me resulta extraña la renuncia de la auto-nominada izquierda a su núcleo racional-teleológico. Esa izquierda ha resultado, cuando menos, una forma de realismo ingenuo que en el abandono de núcleo crítico (ética, política, ideológica y hasta epistemológicamente) ha renunciado a una verdadera transformación de la realidad. Ha derivado en un mero gatopardismo que evoca el cambio para que en realidad nada cambie.
Y eso es exactamente lo que sucede con el discurso de AMLO. Paradójicamente su ambigüedad conceptual dota a su discurso de una claridad que me permite decir lo siguiente:
El discurso de AMLO encuadra perfectamente dentro de una ideología de tercera posición de tipo populista. Su discurso tiene un ascendente nacionalista y liberal, aunque paradójicamente usa una figura de modo tal que se distancia del concepto liberal de “pueblo” (populus vs. plebs). Su discurso es anti-imperial y anti-oligárquico, pero nunca anti-capitalista. Su utopía radica a una vuelta al pasado, a un punto anterior al consumo neoliberal del liberalismo. Su pretensión es “regresar” a un capitalismo de rostro humano, apelando al humanismo del capitalista no-oligárquico, que sería representado como empresario empobrecido.
Por otro lado, en el plano político, AMLO cuadra en la imagen típica del líder populista: no sólo usa indiscriminada y ambiguamente el concepto de “pueblo”, sino que dice hablar por él. Es portador de su voz y redentor de su lucha por liberarse de la oligarquía y el imperio. Cuando habla, no habla él, habla el “pueblo”. Hay una suerte de conexión mística entre él y su movimiento, de modo tal que él sabe lo que quiere y piense el “pueblo” aunque éste mismo no lo sepa, tan así que no sólo es renuente a la crítica, sino que todo aquel que lo critique no lo critica a él, sino al “pueblo” mismo. Es por esa razón, que así sin más, de forma aterradora, tacha de traidores y de ir contra los intereses del pueblo a todos aquellos que NO participan o simpatizan con su movimiento.
En fin. Como se habrán dado cuenta no podía dejar de lado la reflexión sobre el significado de un término tan llevado y traído como el de “populismo”. Muchos han acertado en la adjetivación de AMLO, pero lo han hecho accidentalmente, sin substancia, como mera estrategia para descalificar. Creo que no es mi caso y por ello he abusado en la terminología, lo que si bien no me exenta de parcialidades, creo que sí evita uso vulgar y caprichoso del término.
Una última aclaración: mi definición de populismo no es universal. Hablo desde la experiencia académica y de investigación limitada que me da ser un estudioso de la filosofía latinoamericana. Los más especializados se encontrarán con alusiones no especificadas a algunos personajes y filósofos, sobre todo de aquellos que pertenecieron a lo que fue el sector hegemónico de las filosofías de la liberación en la década de los setenta, muchos de ellos vinculados a una de las experiencias populistas latinoamericanas más representativas: el peronismo. Vamos: no podemos hablar de populismo, sino de populismos, por lo que aquí he adoptado el análisis de su vertiente latinoamericana dejando de lado la rusa y la norteamericana.