miércoles, 23 de junio de 2010

Democracia, liberalismo, medios y libertad de expresión

Viernes, 26 de marzo de 2010
Pongamos un dilema: ¿qué prefieren, control ideológico de los medios por parte de los políticos o control ideológico de "lo político" por parte de los medios?
¿Por qué pregunto? He estado escuchando y leyendo sobre el tratamiento que se da a través de los medios en México sobre las situaciones de Cuba y Venezuela. Me parece que cualquier justificación de lo que sucede en estos países que no pase por la crítica carece de sentido y, en ese sentido, la crítica se vale no importando de donde provenga. Sin embargo veo un problema relacionado con el famoso “desde dónde”. En este caso con el “desde dónde” se enuncia la crítica. Para decirlo de un modo simple: se trataría de un ejercicio siempre abierto a la auto-crítica en el que se explicite el estatuto de mi crítica, es decir: desde qué perspectiva ideológica critico cierto tipo de prácticas políticas y formas de gobierno. En el caso de los periodistas y analistas en México sería bueno que aclararan por qué dicen lo que dicen. Vamos a poner un ejemplo con el no estoy de acuerdo o, por lo menos, no completamente. El caso es Richard Rorty.
Este filósofo norteamericano, de ascendente pragmatista e identificado desde fuera como relativista, acepta plenamente su pragmatismo pero no el relativismo. Lo que va a decir Rorty es que aceptar que es relativista implicaría aceptar que está relativizando algo que es universal, lo que implicaría aceptar que existe tal cosa como lo universal. Lo que va a hacer Rorty es desfondar cualquier posibilidad de un universalismo a priori. Lo universal, para decirlo claro, no sería sino un universal ideológico construido y naturalizado. En éste vivimos y desde éste comprendemos las cosas de tal modo que pensamos que “eso es natural”. Esto es lo a partir de Mario Casalla podríamos definir como ontología política original, una ontología en la que el otro no es considerado en su alteridad y es subsumido sin más en el horizonte propio de comprensión.
Y es que lo más complicado es la apertura auto-crítica. La crítica es relativamente fácil, no así la auto-crítica. ¿Por qué? Porque esta última requiere, aunque sea por un momento, poner en duda mis propios supuestos, y no hay nada que desate más temor que enfrentarse con el sentido mismo. Vamos aterrizando: yo hago desde México, desde un proceso de normalización democrática en la que he puesto todos mis empeños y deseos, una crítica sobre un modelo que no responde a mi modelo. ¿Qué pasa si por un momento clarifico sobre el “desde dónde”? Pues me enfrento a la relatividad de mi propio “desde dónde”, en este caso: el horizonte ideológico liberal. Si yo relativizo o descubro la relatividad de mi propio horizonte entonces quiere decir que no es universal y entonces me quedo sin parámetros para hacer juicios. Las derivaciones que podemos hacer de Rorty son, así, un tanto aterradoras en tanto que imposibilitan la crítica. Frente a esto hay una serie de posiciones que nos permiten salir del atolladero: las éticas del discurso y las filosofías de la liberación. No quiero en estos momentos a analizar de fondo dichas propuestas. Lo único que diré es que en éstas la universalidad es posible, pero siempre a posteriori, es decir: después de un diálogo entre iguales que pasa por el reconocimiento de lo que en términos analécticos es “la razón del otro”. Pero el primer paso es reconocer al otro en tanto otro, lo que implica reconocer la imposibilidad de un universal a priori o, por lo menos, revelar la función política de dicho universal.
El problema así es dar cuenta de la complejidad del “desde dónde” los periodistas y analistas en México formulan su crítica a Cuba y Venezuela. Para decirlo rápidamente lo hacen desde la universalización y naturalización de su propio horizonte ideológico, horizonte que nunca es puesto en duda y que no nunca lo es porque parten de la “sensación” de que en México hay, de hecho, libertad de expresión. Hay aquí, sin embargo, una primera reducción, que es la empatar libertad y libertad de expresión. En el ámbito del capitalismo y la democracia liberal, que toleran y aceptan grados de pobreza en aras de la diferencia, la libertad sigue siendo algo tan ambiguo que parece sólo verificable en la expresión. Libertad para nuestros periodistas y analistas es sobre todo libertad de expresión. Hay luego una segunda reducción: la libertad de expresión es aquella que puede ser expresada públicamente. Pero como esta publicidad de la libertad es científicamente inviable entonces recurro al dato evidente: hay libertad de expresión en tanto que tenemos medios abiertos donde puede expresarse cualquier cosa. Tenemos televisoras, radiodifusoras, diarios, internet, etc., todo en términos plurales, lo que implica que todas las voces quedan cubiertas. Los medios se convierten así expresión de lo que piensa y dice la ciudadanía. Los medios se convierten a sí mismos en “lo público”. El problema es que los medios, haciéndose porta-voces de los intereses de la sociedad, naturalizan su propia voz haciéndola pasar por la de todos. Esto en el caso de los más ingenuos; los menos ingenuos son conscientes de que sólo pueden hablar de sí y por sí mismos, y entonces reconocen su agenda que es la de afianzar desde los medios el horizonte democrático liberal dentro del desarrollo del capitalismo. ¿Dónde queda la libertad? Pues en los mismos medios que se han convertido en foros de discusión de expresiones distintas.
Sin embargo esto no es así: son expresiones distintas dentro de un mismo horizonte ideológico. Varían en la superficie pero no el fondo. No hay, pues, verdadera disidencia. El problema es que esto no es evidente. Pongamos el ejemplo de Zuckerman and Friends en FTV. Allí claro que hay discusión. Si nos vamos por la superficie veremos que por ahí circulan muchas expresiones. El problema es que prácticamente todas se mueven en un ámbito ideológico cerrado; es como una discusión entre surrealistas que discuten de todo pero siempre teniendo como telón de fondo que el único arte aceptable es el surrealista. Curiosamente, la apariencia de que hay voces disonantes, oculta la falta de libertad de expresión en México, una libertad de expresión que se restringe a la posibilidad de hacer circular discursos precisamente en los medios.
Sin embargo sería injusto tratar de forma homogénea a los medios. Los medios cuentan con un rostro visible y otro invisible. El visible es el rostro del que comunica; el invisible es el del dueño. En México hay, sin embargo, la sensación de que el medio es el rostro visible. Vamos: Zuckermann seguramente nunca ha visto coartada su expresión o el modo de conducción del programa. Invita a sus cuates (Castañeda y Aguilar Camín) y estos a su vez también pueden decir lo que quieran. Claro que hay una suerte de acto fe: se está seguro que cualquier cosa que digan los cuates de Zuckermann será dicha desde un mismo horizonte. Por eso es una charla entre cuates. El rostro invisible, el del dueño, está allí siempre, confiado en que hizo una buena elección: Zuckermann, de claro ascendente ideológico liberal no va a desdecirse de su propio horizonte. El medio no tiene en este sentido necesidad de censurar, porque todo lo que digan el periodista y el analista soporta y promueve en lo fundamental la libre empresa. A menos que se atrevan a decir cosas que tocan fibras del hyperpoder oculto detrás de todo, el periodista y el analista están a salvo. Si en un momento llegan a salirse de la ruta entonces sí viene el castigo, por supuesto maquillado de problema de orden administrativo o contractual. En tiempos de la democracia liberal el periodista, el analista, el intelectual, el artista, etc., se hacen orgánicos al poder sin dilema moral porque obvian el hecho de que han sido elegidos como rostros visibles precisamente por lo que piensan.
Ahora, esto sería inútil sin la integración entre el poder político y los medios. El poder político pacta con los medios para no salir de ellos. Los medios procuran la imagen del político para que éste preserve y reproduzca los intereses del primero modificando leyes que son obstáculos para la libre empresa. Hay un control de los medios a partir de un acuerdo que configura la relación poder-medios: yo te doy y tú me das o no te doy si tú no me das. Por ello aquellos periodistas y analistas que se han atrevido a tocar temas públicamente que no son del agrado de gobierno y del medio han sufrido la censura, un tipo de censura en la que no participa directamente el gobierno y que da la apariencia de ser una decisión interna, propia de la libertad de empresa a la que el medio tiene derecho: si yo dueño de un medio corro a tal o cual conductor es un problema de tipo administrativo que no tiene relación con lo que el conductor dice. Esto es en sí un problema, porque queda oculto el trasfondo político e ideológico. Lo mismo con los políticos: aquellos que osen tocar los intereses de los medios son invisibilizados. Inclusive los medios se convierten en herramientas de venganza: aunque hayan muerto 16 chavos en Cd. Juárez la nota principal seguía siendo lo del Bar-bar porque había un interés del medio. O bien la agenda doctrinaria de la otra televisora que usa los noticieros como mecanismo de catequización.
Pero ya localizándome en el terreno ideológico, hay otro elemento menos visible: prácticamente en el terreno del análisis político todos los analistas (que además son los mismos que aparecen en la mañana, en la tarde y en la noche diciendo lo mismo sobre lo mismo) se encuentran en el mismo espectro ideológico; no hay voces disidentes. Esas voces quedan ocultas detrás y son efímeras; no constantes. Vamos a decirlo de forma honesta: la sensación de que estamos en momentos de transición y normalización democrática ha llevado a una suerte de catequesis democrática en la que el catequizador es siempre de ascendencia ideológica liberal. Me llama la atención que muchos analistas y periodistas critican ciertas prácticas y ciertos discursos diciendo cosas como “eso es muy poco liberal” (Denise Maerker, Ciro Gómez y compañía).Allí se muestra la universalización inconsciente y naturalización del horizonte liberal, en la medida en que no ser liberal es sinónimo de estar equivocado. Decir "eso es muy poco liberal" es otra forma de decir "eso está mal". Pero sale tan natural que pasa como si no fuera la gran cosa. En realidad lo es: allí se revela el a priori ideológico universalizado y naturalizado del que parten para hacer crítica sin pasar por la auto-crítica. Entonces realmente estamos en el final de las ideologías; de todas menos de una: la liberal, que se ha instituido como la única aceptable, para lo que se apela a justificaciones muy fukuyanescas y de paso hegelianas. Entonces no hay cabida para otro tipo de discursos. Claro que como todo lo anterior está revestido de una apariencia democrática la cosa no es clara. Pero lo cierto es que el liberalismo se ha instituido como “pensamiento único” y como tribunal de todo lo que es políticamente correcto. El problema es que con esto la crítica siempre está mediada ideológicamente; la crítica tiene mayor o menor valor dependiendo su cercanía o lejanía con cierto liberalismo. Por eso cuando uno ve los programas “Tercer grado”, “Zuckermann and friends” o escucha las mesas de debate en la radio se encuentra con que nadie se sale del plano (incluidos Meyer y Aguayo). Como se discute se da la apariencia de libertad de expresión, pero sólo habrá ésta cuando metan en esas mesas a voces verdaderamente diferentes. Con eso tendríamos una crítica repotenciada y no una vil pantomima. Lo digo de forma simple: en México no hay libertad de expresión en los términos que se entiende lo de la expresión, que es expresión en los medios. No hay cura al problema al entrevistar de vez en cuando a una voz disidente, porque esa voz es acallada inmediatamente por el periodista y el analista de base (Zuckermann, Castañeda y Aguilar Camín son el mejor ejemplo). Al final estos, gente brillante y estudiosa, no se da cuenta de que cumplen perfectamente el papel de propagandista del sistema, lo que se debe en buena medida a que han sido estos lo que han naturalizado las expresiones y los lenguajes del liberalismo. Hay algo de aterrador en ello, porque acostumbrados a no tener voz en las épocas del PRI tienen esa sensación de que la experiencia que los marca les impide hacer lo mismo. Vamos: son orgánicos con pretensiones de bondad o, por lo menos, con buenas intenciones. Con eso justifican que los medios se hayan convertido en grupos de cuates.

2 comentarios:

Pablo Yañez Placencia dijo...

Excelente artículo, bastante cohesionado y bien estructurado. Entrando en materia, esta situación por demás obvia (la homogénea orientación ideológica de las televisoras de México) muchas personas coincidimos en que es necesario de cambiar. Pero también existe la idea de que dentro del mismo medio se podrá realizar un cambio significativo en su operatividad. Sin embargo, gracias al regimen de la libre empresa desregularizada, esto se antoja imposible. Por lo tanto, solo agentes externos podrán modificar esta situación. Y quien puede alterar esta situación, es el Estado. Para poder tener medios de comunicación que verdaderamente practiquen la libertad de expresión, es prioritario rescatar al Estado. Curiosamente, dentro de los grupos que se apoderaron del Estado Mexicano, están las televisoras. Una lucha difícil nos espera sin duda.

Favián dijo...

Sin duda. Pero hay que seguir intentando. La idea de este blog es intentar hacer justamente esto: publicarel debate.
Saludos